Cuatro culturas, cuatro lenguas, un futuro
977 77 19 17
977 30 03 64
El Lycée Français International de Reus celebra unos excelentes resultados en la convocatoria del Bachillerato, que reflejan la calidad de la enseñanza y el acompañamiento personalizado del alumnado a lo largo de toda su escolaridad.
En esta promoción, el centro alcanza un 100 % de éxito en el Bachillerato, con 100 % de menciones, consolidando así la excelencia académica del proyecto educativo del Lycée Français International de Reus.
Entre los resultados destacados, 8 alumnos han obtenido la mención de Matrícula de Honor (Très Bien), de los cuales 2 han recibido las felicitaciones del tribunal, con una media superior a 18/20. Además, se registran 8 menciones de Notable (Bien) y 5 menciones de Aprobado con mención (Assez Bien).
Estos resultados ponen de relieve la solidez del sistema educativo francés internacional, así como el compromiso de toda la comunidad educativa del centro, desde las familias hasta el equipo docente, en la formación integral del alumnado.
El Lycée Français International de Reus reafirma así su misión de acompañar a los estudiantes hacia el éxito académico y su acceso a estudios superiores en las mejores condiciones.
Si estos resultados reflejan la excelencia académica de nuestros alumnos, también simbolizan el inicio de una nueva etapa en su trayectoria. Durante la ceremonia de entrega de diplomas, la directora les dirigió un discurso que nos complace compartir a continuación.
Queridas graduadas, queridos graduados:
Toda ceremonia como esta encierra una ilusión de la que conviene desconfiar: la de atribuir a un instante simbólico un significado que, por sí solo, no puede contener.
Se entrega un diploma y se habla del futuro. Se evoca la entrada en la edad adulta como si existiera una frontera precisa más allá de la cual uno se volviera de repente más maduro, más consciente, más responsable. Pero la realidad es menos nítida. Ningún rito, por solemne que sea, produce por sí mismo esa transformación.
Y, sin embargo, los ritos son necesarios.
Nos recuerdan que el tiempo transcurre y que llega un momento en que aquello que hemos recibido debe ser devuelto en forma de responsabilidad.
Hasta hoy han sido otros quienes han asumido la tarea de orientaros: vuestros padres, vuestros profesores, todas aquellas personas que han contribuido a vuestra formación. Han intentado transmitiros conocimientos, ciertamente, pero también algo más valioso: una manera de juzgar, de discernir, de ejercer vuestra libertad.
A partir de ahora, esa tarea os corresponderá cada vez más a vosotros mismos.
La escuela os ha enseñado muchas cosas. Algunas permanecerán con vosotros durante toda la vida; otras se desvanecerán con el paso de los años. Siempre ha sido así.
Lo esencial no reside en la cantidad de información acumulada, sino en el hábito intelectual que el estudio ha dejado en vosotros.
La capacidad de distinguir.
Distinguir un hecho de una opinión.
Una prueba de una afirmación.
Un argumento de un slogan.
Una verdad buscada con esfuerzo de un error aceptado por comodidad.
Porque la cultura sirve, ante todo, para eso.
No para proporcionarnos certezas definitivas, sino para dificultar los engaños.
Quien posee algunos instrumentos culturales más no es necesariamente superior a los demás; simplemente está menos expuesto a la manipulación y al autoengaño.
Y puesto que cada época produce sus propias ilusiones, cada época necesita mujeres y hombres capaces de reconocerlas.
La vuestra no será una excepción.
Vivís en un tiempo que pone a vuestro alcance una cantidad de conocimiento que ninguna generación anterior habría podido imaginar. Pero vivís también una paradoja singular: nunca fue tan fácil informarse y nunca fue tan fácil renunciar a comprender.
Comprender exige tiempo.
Exige paciencia.
Exige la disciplina de la atención.
Exige el coraje de suspender el juicio.
Y exige, sobre todo, la disposición a aceptar que la realidad suele ser más compleja que nuestras preferencias, nuestras convicciones o nuestros deseos.
La cultura es una escuela de complejidad.
También lo es la democracia.
Antes que una forma de organización política, es un aprendizaje cotidiano de la convivencia.
Nos obliga a compartir el mundo con quienes no piensan como nosotros, con quienes persiguen intereses distintos, con quienes sostienen convicciones que pueden ser incluso opuestas a las nuestras.
Por eso una sociedad libre no se funda en la unanimidad, sino en el respeto a unas reglas comunes.
La ley representa precisamente eso.
No la victoria de una voluntad sobre otra, sino el esfuerzo siempre imperfecto mediante el cual una comunidad intenta hacer posible la convivencia entre las diferencias.
Acostumbraos, por tanto, a verla no como una limitación impuesta desde fuera, sino como una de las condiciones de la propia libertad.
La historia nos enseña que cuando la ley se debilita no avanza la libertad; avanza el poder de quienes ya son fuertes.
Por eso la protección de los más vulnerables constituye una de las pruebas decisivas de la madurez de una civilización.
A una sociedad se la juzga por su riqueza, por sus logros, por sus descubrimientos.
Pero también —y acaso sobre todo— por la manera en que trata a quienes tienen menos poder, menos recursos y menos capacidad para hacerse oír.
Tarde o temprano os encontraréis en situaciones en las que será más cómodo callar que hablar, asentir que discrepar, seguir que resistir.
No os invito a la rebeldía por principio. Las rebeldías automáticas suelen ser tan superficiales como los conformismos automáticos.
Os invito a algo más difícil.
Pensar.
Y, después de pensar, asumir la responsabilidad de vuestras conclusiones.
Incluso cuando no coincidan con las de la mayoría.
La célebre exhortación de Dante a «seguir virtud y conocimiento» suele interpretarse como una invitación al saber. Lo es, sin duda. Pero significa algo más profundo.
El conocimiento, por sí solo, no basta.
El siglo XX nos enseñó que es posible ser instruido y, al mismo tiempo, permanecer moralmente ciego.
Por eso Dante coloca la virtud antes que el conocimiento.
Porque el saber solo adquiere sentido cuando está orientado por una exigencia ética.
De lo contrario, se reduce a mera técnica.
Y la técnica, como cualquier instrumento, puede servir tanto para construir como para destruir.
Dentro de algunos años muchos de vosotros ejerceréis profesiones que hoy todavía no existen. Algunos dirigiréis empresas; otros enseñaréis; otros diseñaréis tecnologías, cuidaréis enfermos, administraréis instituciones o educaréis a vuestros hijos.
Las competencias cambiarán continuamente.
Lo que no debería cambiar es el uso que decidáis hacer de ellas.
Porque la cuestión fundamental no es solamente saber cómo hacer algo.
Es saber por qué se hace.
Y al servicio de quién.
Quizá sea ahí donde comienza verdaderamente la vida adulta: cuando nuestras capacidades dejan de ser una ventaja personal para convertirse en una responsabilidad hacia los demás.
Quisiera terminar con un deseo.
No el del éxito, palabra a la que nuestro tiempo concede una importancia excesiva.
Os deseo algo más raro.
Os deseo conservar una cierta inquietud intelectual.
No creeros nunca definitivamente llegados.
Seguir leyendo cuando otros hayan dejado de hacerlo.
Seguir aprendiendo cuando ya nadie os obligue a ello.
Preservar dentro de vosotros ese espacio de libertad interior donde ni la moda, ni el interés, ni el miedo puedan gobernar.
Si lo conseguís, cualquiera que sea el camino que recorráis, habréis conservado la mejor parte de aquello que la escuela intentó transmitiros.
Y quizá habréis logrado devolver al mundo lo que un día recibisteis de él: no solamente conocimientos, sino una manera más libre, más lúcida y más justa de habitar la realidad.
Mme Stallini
Directora del Lycée Français International de Reus